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Denuncia la Santa Sede que "algunos intentos de intervenir sobre el patrimonio cromosómico y genético no son terapéuticos, sino que miran a la producción de seres humanos seleccionados en cuanto al sexo o a otras cualidades prefijadas. Estas manipulaciones son contrarias a la dignidad personal del ser humano, a su integridad y a su identidad"[1].

Los diagnósticos prenatales, que de sí constituyen un avance positivo y no son objetables éticamente, tienen el peligro de abrir, al mismo tiempo, el camino a la selección eugenésica. Advierte el Papa que es práctica común, en numerosos países, "descartar a las personas con discapacidades congénitas que provocan el diagnóstico de preimplantación y un desarrollo abusivo del diagnóstico prenatal". Se trata, continúa Juan Pablo II, "de un auténtico eugenismo"[2].        

En efecto, la ley española sobre reproducción asistida, vigente desde 1988, con su ampliación de 2003,  ya permite elegir embriones para evitar que desarrollen enfermedades[3]. De ahí a que se pase a escoger el sexo o el color de los ojos del futuro ser humano será un paso, en cuanto se matan los embriones que no sean del gusto del cliente... 

 

 

[1] Donnum Vitae, 22-2-1987, núm. 12.

[2] Juan Pablo II, misiva dirigida a la Semana Social de los católicos en Francia, 15-11-2001, en Zenit, 26-11-2001.

[3] Cf. El Mundo, 25-2-2002.